No me cabe duda de que uno de los memes que más se distribuirán estos días será algo así como “que le den por el culo a 2020”. Seguramente todos los años hay quienes tienen motivos para esgrimir el mensaje, y quién no; seguramente este año todos pensemos que tenemos motivos para hacerlo, y por qué no.

Este año ha sido especialmente largo, sin embargo, llegados ya a 31 de diciembre, mirando hacia atrás, sin la retrospectiva necesaria, puesto que siempre es difícil tenerla cuando lo que más se quiere es avanzar; mirándolo así, se puede llegar a pensar lo habitual, todo ha pasado muy rápido. Y realmente lo ha sido, siempre lo es, al fin y al cabo, hemos tenido meses de monotonía, meses que nos han hecho analizar o al menos lo han permitido para quienes lo hayan sabido ver así. Una monotonía engañosa, dolorosa, gris, muy negra para algunos, que ha marcado el ritmo de relaciones sociales como hasta ahora las generaciones actuales no habían conocido. Una monotonía que trae consigo una aceleración en cambios de todo tipo; los primeros a nivel de salud, anheladas vacunas, recuerdo ahora a Harari y su discurso sobre la amortalidad que conseguirán las clases más pudientes y cómo, de alguna manera, la situación COVID es lo que está planteando; pero el verdadero cambio, que será mucho más radical y doloroso de lo que se viene presentando en medios, tiene que ver con la relación económico-social.

Leo en El País este artículo y me llama poderosamente la atención precisamente este comentario: <<Andrea explica, por ejemplo, que muchos de sus estudiantes incluso le han reconocido que se conectan a la sesión y se van a dormir.>>

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Una cosa está clara. La educación online no significa ponerte una videocámara y comenzar a hablar, hablar, hablar, hablar y que el estudiante que está en el otro extremo, en su casa, tenga que escuchar, escuchar, escuchar, escuchar…

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